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Preludio al Caos

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Preludio al Caos

Mensaje por Akakage el Dom Feb 12, 2017 11:40 am

Isla de Nahum, continente de Sadhuzag, planeta Béther.
Las olas del mar golpeaban la orilla furiosamente y rugían, siendo las únicas testigos de lo que estaba a punto de pasar. El mar rugía, inquieto y bravo, como si supiera que nada de lo que sucedía en la isla era natural e intentaba advertir a los demás habitantes de aquello. Pero nadie parecía escuchar al océano, los árboles, animales, inclusive la lluvia, siempre tan presente en Vitam Pluvia, se escondía de la anomalía física que estaba teniendo lugar.
Una única sombra se vislumbraba en un acantilado, quieto, taciturno y alerta, esperando. Sabía que no tardarían mucho en llegar. "No se olviden de camuflarse", les había dicho, quizá por esa razón les estaba tomando más de lo esperado aparecer por aquél portal dimensional que no era visible, pero alteraba de sobremanera la estabilidad de la isla, cargándola de tensión, volviéndola espesa, insoportable para quien no fuera uno de ellos.
Finalmente algo vibró y se contorsionó, y, de la nada, un hombre apareció.
-Llegas tarde-Gruñó el primero, volviéndose para encararlo.-Sabes que eres indispensable para esto
-Ya estoy aquí-Fue lo único que dijo, tan calmado como su hermano. Tenía apariencia joven, un rostro atractivo de facciones achatadas y casi inocentes, cabello claro largo y barba apenas pronunciada. Vestía un desgarrado pantalón de mezclilla y una sencilla camiseta negra.
-¿De dónde has sacado esa apariencia?-Preguntó, mirándolo no sin cierto asco. Tenía un aspecto tan... vulgar a su parecer. Pero Gascoigne se veía realmente cómodo en él.
-Burzum, Vikernes. Él me rezaba y yo lo tomé prestado-Respondió con simplicidad, encogiéndose los hombros.
-Llama a los demás. Están esperando tu señal-Dio por concluido el tema, regresando a los temas realmente importantes.
No respondió, no al menos directamente
Apareció un segundo. Tenía un aspecto bestial, terrible. Era una enorme criatura de al menos tres metros parecida a un canino, con un deformado cráneo sin ojos por cabeza en inmensos cuernos que se unían al hueso. Tenía un aspecto desnutrido, esquelético, con la caja torácica por fuera, extremidades exageradamente largas que culminaban en cuatro grandes garras. Cuando olfateó a sus hermanos, lanzó un agudo chillido parecido a un grito agónico.
-Valtr. No has cambiado de aspecto-Dijo el primero con reproche encubierto en su voz, en el idioma de su madre, aún así con cierto cuidado, si algo sabía Riedel era que Valtr no era especialmente comprensivo o tolerante cuando alguien tocaba su orgullo.
La bestia no hizo caso alguno de las palabras del otro, simplemente se volvió, habiendo olfateado algo, o mejor dicho, a alguien. La cosa que apareció tenía aspecto más o menos femenino, rasgos parecidos a los de un fauno -incluidos los cuernos- y ojos completamente blancos. No miró a nadie en específico.
-Hem...wick...-Pareció susurrar Valt, acercando su inmensa figura hacia la mujer. Justo atrás de ella apareció otra, totalmente diferente, hermosa, juvenil. Nadie podría imaginar que eran gemelas. Rom.
-Ebrietas-Se escuchó otra voz que se presentaba a sí misma. La chica que apareció era bastante parecida a Rom, pero sin duda con un aspecto más salvaje, más sardónico y engreído-Gherman...-Susurró suavemente, mirando al nuevo inquilino llegar, un hombre recio, de ojos azules. Sí, eran hermanos, pero eso no impedía a la femenina sentir un incestuoso deseo por el Primer Cazador, que, no obstante, era tan frío y desinteresado como una roca.
Sin embargo nadie presentó al siguiente, otro hombre, albino, con heterocromía, que tenía un pendiente en la nariz que se unía con otro en la oreja por dos delgadas cadenillas. No, nadie saludó a Logarius, extraño y arisco inclusive para los estándares de sus hermanos.
Tampoco lo hicieron con Yharnam, pero no por las mismas razones, no, fue simplemente porque no lo vieron llegar, oculto entre las sombras con aquella capucha negra que no dejaba ver sus rasgos faciales. Llegó acompañado de Paarl, que lucía un antifaz pintado en los ojos con alguna extraña sustancia oscura, que dotaban a los orbes claros de aún más presencia.
Solo faltaban cinco y todo comenzaría.
Micolash y Djura fueron los siguientes en llegar, casi al mismo tiempo, tan lúgubres y serios como solo ellos podían serlo, Micolash parecía impaciente, molesto inclusive, no le agrada en absoluto la idea de estar ahí. Tres. Dos cuando un arrogante hombre apareció de las tinieblas, fornido y de aspecto peligroso, con todo el cuerpo tatuado con una réplica anatómicamente correcta del esqueleto humano, desde los dedos de los pies hasta la punta del cabello, Mergo había llegado, con la presencia atrás de él que siempre lo seguía.
Las dos últimas tardaron unos minutos más, cuando el delicado e inestable hilo que sostenía la paciencia de Riedel estaba a punto de romperse. No parecían perturbadas en absoluto por la dura mirada que les dirigía el Sacerdote.
-Por un momento pensé que no vendrían... hermanas-Pronunció las palabras con una suavidad amenazante y fría, que hubiera intimidado a cualquiera... menos a las dos mujeres.
La escena se modificó en apenas un segundo, cuando una de ellas, albina y de vestimentas blancas, miró directamente a Riedel a los ojos. No dijo nada, pero este último hizo un ademán incompleto de alejarse. Inclusive él le temía a Amygdala, la más poderosa y peligrosa de los que había llamado esa noche. Para su suerte, estaban en luna nueva.
La otra, igual de pálida pero vestida con una túnica negra fue la que puso punto final al encuentro entre ambos, liberando una terrible tensión que se había instalado en el lugar.
-Comencemos-Dictó Amelia con la voz aterciopelada, caminando majestuosamente de tal modo que los demás se dividían para dejarla pasar. Sabían que era una parte fundamental.
Ya juntos los quince, se dirigieron en completo silencio hacia al lugar donde llevarían a cabo la ceremonia. Lugar donde pisaban, lugar donde toda muestra de vida desaparecía, aterrada de las presencias.
El altar era modesto, pequeño. Un claro en el bosque, adornado con columnas de piedra hermosamente adornadas con figuras de bestias imposibles para el universo en el que estaban viviendo. En el centro estaba la razón de la reunión. Tres chicas, dos de la misma edad, una un tanto mayor, todas con la mirada aterrorizada.
-Dijiste que eran cuatro-Habló Mergo a Riedel, sin dejar de ver a las tres muchachas
-No pude contenerme-Contestó el aludido con simplicidad, recordando cómo había obligado a la más joven, la última en su linaje, a suicidarse víctima de locura.
-Con esto será suficiente por ahora-Dictaminó Amelia con aprobación-Son de sangre valiosa-Y, dicho eso, se acercó. Las prisioneras la veían con terror, incapaces siquiera de moverse de su sitio-Deberían estar orgullosas de su destino. No cualquiera es sacrificio de los dioses-Acto seguido, con una afilada garra, cortó el rostro de las tres, dejando que la sangre escurriera por la palma de su mano. Con parsimonia, pasó por todas y cada una de las columnas y las tiñó con el líquido recién derramado.
Extendió los brazos e inició, justo al tiempo que los demás hermanos se colocaban al rededor. Algo en el ambiente empezó a cambiar.
-Ya na kadishtu nilgh'ri stell-bsna Shub-Niggurath; k'yarnak phlegethor l'ebumna syha'h n'ghft Ya hai kadishtu ep r'luh-eeh Shub-Niggurath eeh, S'uhn-ngn athg li'hee orr'e syha-h.-Recitó la mujer en voz alta, una y otra vez, con los ojos cerrados y en total concentración. los otros seguían los cánticos en voz baja, hablando en un lenguaje imposible, blasfemo y que provocaba náuseas de solo escucharlo.
El cielo se oscureció aún más, cuando algo inmenso hizo su aparición arriba de sus cabezas. La explicación más acertada era "nube negra", pues no había descripción posible para aquello que acababa de llegar a la ya inestable isla. Un sonido cavernoso, horroroso, fue el precedente para que la locura comenzara. Los cánticos continuaban, y aquella mancha se extendía a lo largo y ancho del perímetro, cubriendo todo cuanto podía.
Y en ese momento la pudieron divisar. Nunca supieron exactamente que era, pues la locura ya había hecho daños irreparables en la psique de las tres hermanas, quienes ni siquiera gritaron cuando el gran abismo caótico las consumió.
-Que se canten sus alabanzas, y que se recuerde la abundancia a la Cabra Negra de los Bosques, ¡Iä! ¡Shub-Niggurath! ¡La Cabra de Mil Descendientes!-Conforme Amelia entonaba aquella última parte de la plegaria, todo pareció volver a la normalidad. La cosa que habían invocado se replegaba lentamente y regresaba a aquella parte indescriptible del universo más recóndito del cual había salido.
Todo ruido cesó.
-Está complacida-Anunció Amelia, al fin abriendo los ojos, mirando el lugar donde alguna vez estuvieron Bleu, Roxanne y Arabesque Takashi.
-Y esto no ha terminado-Riedel sonrió abierta y asquerosamente, la sonrisa de quien goza el poder y no tiene reparo alguno en demostrarlo. Miró a sus hermanos y después al cielo, agradeciendo a su madre por las bendiciones y buena fortuna que aquél sacrificio les traería.
Otros seres de igual o mayor poder caerían en sus garras, y, con catorce vástagos más a su lado, no había nada que no pudiera hacer.
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